viernes, 27 de febrero de 2009

Reportajes Colombianos

Bajo la melodía de nuestras raíces culturales

Entre cantos, tambores y marimbas se prende el regodeo del pacifico colombiano. Todo lo que empieza con un leve sonido, luego se hace música que resuena en el espacio y es capaz de colonizar mundos y transformar el sentido de los lugares donde llega.

Todo este resonar musical lo muestra Mario Alberto Aguado galardonado con el premio Simón Bolívar, en la modalidad televisión en su emisión cultural “Sesión libre” del programa “Nuestra herencia” del canal Telepacifico.

En cada una de las imágenes propuestas se puede percibir la energía de los que hacen posible “Golpe de Ampora”; un grupo del pacífico colombiano que le canta a las tradiciones y al sentir afrocolombiano.

El litoral del pacifico es una de los regiones más vulnerables de Colombia, pero esto no la ha hecho menos desarraiga de su legado y riqueza cultural; manifestaciones que se ven reflejadas en la historia musical de sus embajadores culturales.

Desde la época de la colonización los españoles impusieron en nuestro país otra cultura, que entorpeció el desarrollo de nuestras raíces culturales. Y es a partir de ésta imposición cultural que nace la necesidad de rescatar los valores, las raíces, los estilos y las culturas musicales autóctonas del Litoral Pacífico.

Sesión libre es sólo una muestra de las tantas producciones culturales que se encuentran dentro del programa “Nuestra herencia” que se transmite los miércoles y sábados en horas de la tarde por el canal Telepacifico.

En cada una de sus escenas se destaca la pasión por ritmos autóctonos cargados de ancestralidad y fulgor.

Las cámaras ponen su atención en las manos que febrilmente siguen el compás de una tambora, una marimba… o un saxo… pero también se apoderan de los rostros que espontáneamente divulgan letras de canciones que por arte de magia, se incorporan en el contonear de aquellas caderas negras.

No cabe duda que cada ritmo nos recuerda las raíces negras impregnadas en nuestra cultura, y que no importa, si somos del norte, del oriente, del sur, de la zona andina o de cualquier otro punto olvidado de nuestro país; siempre llevaremos, a pesar de las diferencias, el alma ancestral del litoral pacifico.

viernes, 20 de febrero de 2009

Columna de opinión

Ellos también viven

El sida es una de las enfermedades de transmisión sexual y congénita que más ha preocupado a las Naciones Unidas y al Consejo de Derechos Humanos, que en conjunto con sus distintos Comités trabajan por asegurar la plena efectividad del derecho a ser tratados iguales y al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental.

Sin embargo, en contraste a estas posiciones, se encuentran las de aquellos que piensan que el Sida es sinónimo de exclusión y de detrimento en cuanto a las personas que padecen esta condición.

Cada primero de diciembre se conmemora el día mundial De lucha contra el Sida. Una iniciativa lanzada en 1997 por ONUSIDA (Programa Conjunto de las Naciones Unidas para el Vih y Sida) y que es liderada por una gran alianza conformada por organizaciones de la sociedad civil; quienes ante los niveles altos de discriminación en nuestro país luchan por abolir la estigmatización que existe por parte de nuestra sociedad hacia personas con VIH.

El Vih es una enfermedad que en el momento de contagiar no tiene en cuenta: condición social, color, raza, religión, ni mucho menos líneas ideológicas. Pero también es cierto que la discriminación y todos los perjuicios morales que existen a su alredor aún prevalecen en las mentes de un tipo de sociedad como la nuestra.

Y a todo esto, lo que la gente ignora es el daño que está causando al avance sano de las estrategias que se están liderando frente al tema.

Esta actitud arrogante, sólo está generando un obstáculo latente en la construcción de pensamiento preventivo en cuanto a las personas que padecen Vih.

Y como si fuera poco están desalentando al gobierno para que éste no tome pronta conciencia de lo significa padecer Sida y por tanto no busque apoyo para proteger y tratar este tipo de enfermedad.

Lo paradójico en esta problemática es que cada vez más personas, a pesar de las campañas y estrategias de comunicación que se hacen en todo el país incentivando a la protección sexual con el uso de condón, la invitación a la práctica de la prueba de Vih y a la desestigmatización del padecimiento de esta enfermedad, los índices de epidemiología señalan que cerca de 20 mil personas se están realizando tratamiento contra esta enfermedad y se estima que hay aproximadamente 120 mil personas infectadas en el país (cifras de Organización Panamericana de la Salud).

Ante estas cifras pienso que más allá de la cantidad lo significativo es que los colombianos enfermos hoy en día con Sida, deben empezar desde ya a vivir, a reconocer y a enfrentar su condición.

Y en cuanto a aquellos con vida sexual activa, pienso que es responsabilidad de cada uno practicarse una prueba de Vih y seguir un tratamiento pertinente en el caso de salir positivos.

Es por esto que se hace a priori empezar a creer que para quienes padecen ésta enfermedad las esperanzas no se han acabado… por el contrario acaban de iniciar. Y tal como lo dice Juan Carlos Riazgo, portador de Vih, en su libro “En el laberinto de la esperanza” – el sida destruye el cuerpo, pero fortifica el alma-



viernes, 13 de febrero de 2009

Columna de opinión

Prevenir antes que volver a lamentar

Al parecer las leyes que hay en nuestro país y me refiero en este punto a los artículos 159 y 160 de la ley 685 de agosto 15 de 2001 plasmadas en el Código de Minas, que sancionan penalmente la explotación de minas ilegales o minas sin rostros, como prefieren llamarle algunos, no están causando mayor cuidado a los propietarios de este tipo de terrenos en donde se extraen minerales, como el oro, de manera ilícita e irresponsable.

Sin embargo, lo contradictorio de ésta situación es la actitud renuente de los barequeros a dejar su oficio que por años han desempeñado para subsistir con sus familias. Estos hombres y mujeres no ignoran el riesgo al que se exponen con ésta actividad y poco les importa. Es como si estuvieran preparados para cualquier infortunio.

Y en cuanto a los directos responsables de que estas personas continúen sus labores de manera imprudente, la situación se pone aún peor. Por un lado porque sus terrenos de explotación no están amparados por el Estado y la autoridad minera, avalando así su funcionamiento a nivel técnico y ambiental; además de garantizar a los barequeros que laboran en sus terrenos seguridad social.

En esta instancia quiero recordar con tristeza lo ocurrido el 1 de noviembre del año 2001, cuando a las 5:40 de la mañana por las malas condiciones climáticas y sí, también de hecho por los peligros a los que se exponen día a día muchos barequeros, un talud de tierra terminó con la vida de más de 100 hombres y niños al venirse abajo.

Ésta tragedia recordada por muchos es considerada como una de las mayores tragedias naturales en la historia del departamento de Caldas.

La mina El Callao ubicada en el municipio de Filadelfia, fue testigo de cómo la tierra se ingestó a muchos de los mineros que ese día iban ha trabajar como cualquier otro.

Esta clase de tragedias van a seguir sucediendo y sólo terminaran hasta el día en que los titulares de terrenos clandestinos de explotación minera legalicen sus actividades y permitan a su vez que estos hombres que han dedicado su vida a buscar oro con sus propias manos, lo sigan haciendo, pero esta vez con todas las garantías.

Además, este tipo de situaciones no dejaran de suscitarse sólo hasta que estos humildes mineros terminen teniendo conciencia del riesgo de su oficio. Y así borren para siempre la historia en donde no son sinó las victimas de los verdaderos responsables.


viernes, 6 de febrero de 2009

Columna de opinión

Es posible rescatar la memoria

Son más de 20 años durante los cuales de Radionovela no se volvió a escuchar, pero también es cierto que a raíz de su caída, originada en gran parte por la evolución de la tecnología, y me refiero a la aparición de la televisión en nuestro país en los 50, surgieron nuevos géneros, como el teatro y más tarde la telenovela.

La radionovela fue un género que alcanzó gran aceptación en el público, especialmente entre las amas de casa, quienes registraban altos índices de audiencia.

Y tal como lo describe Antonio Pardo García, periodista radial de RCN en su crónica “La épica de la radio”, la radionovela era el teatro de la imaginación en donde cada sonido se hacia mágico a los oídos del oyente.

Fueron muchas las producciones radiales que se hicieron famosas entre los radioescuchas. Radionovelas que trataban de amor, drama, aventura, realidad y ficción.

Lucy Colombia es considerada leyenda de la radio de todos los tiempos.

Esta locutora y actriz se inició en la radio en el 59, haciendo parte del elenco de Todelar radio, con quienes hizo importantes proyectos en radionovela, como Sangre de ébano’, ‘Un tal Inocencio’ y ‘Dulce veneno’.

Uno de los personajes más recordados, sin duda, es Kalimán, el hombre increíble. Representado por Gaspar Ospina, el galán de las novelas de radio de esa época.

Gaspar Ospina realizó varios trabajos en radio y su trabajo como actor radial lo convirtió en uno de los mejores exponentes en esta clase de arte.

Hablar de radionovela es definitivamente recordar esa época en donde las grabaciones se hacían en vivo y no había espacio para la equivocación.

Para esa época no se contaba con los recursos necesarios, y por eso el arte de improvisar se convirtió en la tarea de todos días.

Actores radiales, como Manuel Pachón, recuerda anecdóticamente la ambientación creada por el sonidista.

En esa época no se contaba con la tecnología necesaria para representar una pisada, el sonido de una puerta que se abre, el sonido del viento, todo era invención de la creatividad.

La radio novela se convirtió en esa fábrica de sueños, a través de la cual se recreaba el oyente.

Es lamentable que este género, haya desaparecido de la programación de nuestra radio; sin embargo vale preguntarnos si es posible rescatar lo que queda aún en la memoria de nuestros abuelos.